miércoles, 2 de octubre de 2013

'Las brujas de Zugarramurdi', "eclesiásticos" excesos


Desde que descubriera su cine allá por principios de los noventa, primero con sus ‘Mirindas asesinas’ (id, 1991) después con la sorprendente puesta de largo en la gran pantalla que fue ‘Acción mutante’ (id, 1993), he sido seguidor fiel de Álex de la Iglesia por más que el ecléctico devenir de su trayectoria cinematográfica haya provocado más desilusiones que alegrías, algo que ya apuntaba de forma temprana ‘El día de la bestia’ (id, 1995), prefigurador claro de lo que la práctica totalidad de sus títulos han acusado en mayor o menor grado: una premisa de partida espléndida, un primer acto brillante, un nudo que baja algunos enteros con respecto al arranque pero que aún mantiene en gran medida el interés y un clímax en el que “el todo vale” y los excesos dan paso a un epílogo que, según los casos, arruina por completo la función.

Este esquema de funcionamiento, que el apocalíptico filme con Santiago Segura y Álex Angulo seguía al pie de la letra —por más que muchos lo defiendan como necesario, el epílogo en el parque siempre me ha parecido un mal añadido a un filme soberbio— es al que han ido adheriéndose, como decía, casi todas sus producciones, desde ‘Perdita Durango’ (id, 1997) hasta ‘La chispa de la vida’ (id, 2011), haciendo mella en la efectividad de un cine que siempre arriesga para elevarse como algo diferente dentro de la cinematografía patria, apostando por un alejamiento bien consciente de lo que estamos acostumbrados a ver en el cine español, aunque ello le haga caer en ocasiones en errores del tamaño de la estridente ‘Balada triste de trompeta’ (id, 2010).


Olvidando el inane impasse que fue la cinta protagonizada por José Mota, la espada de Damocles que suponía ‘Balada…’ pesaba ostensiblemente sobre las expectativas naturales que uno se había creado acerca de ‘Las brujas de Zugarramurdi’ (id, 2013) tras ver su vertiginoso trailer y algunas de las entrevistas concecidas por el realizador vasco: a todas luces parecía que la apuesta de de la Iglesia era regresar a esquemas similares a los que ya le viéramos hace casi dos décadas, tirando de nuevo de elementos fantásticos para enhebrar un guión que no se pareciera a nada visto anteriormente.

Y lo cierto es que en este sentido no se le puede reprochar nada a ‘Las brujas de Zugarramurdi’, una cinta que basa gran parte de su efectividad en sorprender al espectador a empellones de originalidad, no pudiendo éste prever en ningún momento de la proyección qué diantres va a suceder en la pantalla a continuación, algo muy de agradecer en estos tiempos en los que las películas se leen a gran distancia, careciendo en términos generales de la capacidad de anticiparse al respetable y así poder sembrar en el mismo el interés por seguir atento a un metraje del que nunca podremos vislumbrar el siguiente giro.

 
Así, tras un arranque enérgico que me atrevería a calificar como los quince mejores minutos del cine del realizador bilbaíno —toda la escena del atraco en Sol y la posterior huída es asombrosa de principio a fin— y echando siempre mano de ese humor negro y cáustico que siempre ha caracterizado a su cine, el director nos ofrece un recital de mala uva, acción casi ininterrumpida y un clímax que se sitúa por encima de la media de sus filmes aunque ello no sea óbice para que podamos apuntar en el mismo ciertas excesivas cualidades que son las que en tiempos pasados conseguían derruir la función.

No siendo así en el caso que nos ocupa —al menos no en la misma medida que ‘Balada…’, por no irnos más lejos— si hay algo que ayuda sobremanera a sostener la cinta más allá de la briosa dirección de su máximo responsable eso es la precisa labor de la totalidad de los intérpretes del filme: y si dicho epíteto se traduce de forma natural en espléndido a la hora de referirnos a nombres como los de Carmen Maura, Terele Pávez, Pepón Nieto, Secun de la Rosa o Enrique Villén; y adquiere matices hilarantes en el caso de Macarena Gómez y Jaime Ordóñez, donde preciso se define como sorprendente es, en primera instancia, en Carolina Bang —sí, la misma que en ‘Balada…’ era insoportable— y, aún más, en la genialidad que desprenden Hugo Silva y, sobre todo, un Mario Casas que se sale como ese “cani” tan zumbado como elocuente.

Completado el reparto con las apariciones de María Barranco y unos desopilantes Carlos Areces y Santiago Segura, ‘Las brujas de Zugarramurdi’, como ya he comentado, no se libra desgraciadamente de los males que aquejan siempre a los clímax de las producciones de de la Iglesia. Y si estos son menos graves y quedan suavizados por lo ejemplar del entretenidísimo espectáculo al que hasta entonces hemos asistido, donde la cinta vuelve a fallar estrepitosamente es en un epílogo inservible, carente del ingenio y la chispa que ha rodeado al resto de la función y que, en su unión con ésta, chirría por cualquier gozne que se quiera contemplar. Sin él, estaríamos hablando de uno de los tres mejores filmes de Álex de la Iglesia y quizás sea hasta recomendable que, para mantener la ilusión de que así es, uno haga un esfuerzo consciente por olvidar tan esperpénticos cinco minutos.

Autor: Sergio Benítez (Blog de cine)

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