martes, 29 de octubre de 2013

'Grand Piano': El último concierto


Decir que un thriller tiene algo de Hitchcock suele ser una evidencia. El cineasta británico definió buena parte de las constantes de un género que le debe mucho. Por algo se le reconoce como el “Maestro del Suspense”, y su icónica figura es objeto de estudio por parte de cualquier aprendiz de la materia. Evidente, pero no necesario. Y en el caso de ‘Grand Piano’ es más oportuno mencionar el nombre de Brian De Palma, quien a buen seguro le concedería “Two Thumbs Up” al filme que confirma a Eugenio Mira como uno de los realizadores españoles más prometedores. Porque ‘Grand Piano’ viene a ser un filme que le hubiera gustado filmar al mejor De Palma, esté en donde esté.

Como bien habrán supuesto muchos, ‘Grand Piano’ viene a ser una especie de ‘Última llamada’ ambientado en un auditorio en vez de en una cabina, y con Elijah Wood haciendo las veces de Colin Farrell. En ambas un francotirador anónimo -con voz de famoso- les obliga a seguir hablando/tocando pase lo que pase. El motivo… en el fondo, es lo de menos. De igual manera que lo de menos es si tan curiosas premisas aguantan el tipo durante los 80-85 minutos que duran… que en el caso de ‘Grand Piano’ no es así, una auténtica montaña rusa que presenta constantes altibajos donde sus picos más altos lo son en proporción a sus picos más bajos.

Esta irregularidad no es una cuestión de ritmo -imparable- sino de narrativa, y de un guión cuya brillantez se fundamenta en los hallazgos visuales de Mira, siempre presto a jugar en cuanto la ocasión se presenta. De hecho es tal vez esta necesidad de mantener el compás siempre a tono la que, quizá, obliga por definición a que el castillo de naipes que es su argumento se desmorone por momentos. Porque, lo dicho, la genialidad de la propuesta no reside en un guión algo inconsistente y lastrado por un clímax bastante menos inspirado de lo deseable, sino en los hallazgos audiovisuales que ofrece Mira en los momentos álgidos de la función, aquellos en los que se decide el partido.

‘Grand Piano’, en una alegoría deportiva tan recurrente, es como cuando un equipo gana un partido por cuatro goles a cero. El marcador refleja superioridad mientras que la cara del aficionado la alegría por la victoria. Pero el marcador arroja una sensación que el partido no tiene por qué refrendar, donde igual sólo cuatro ocasionales chispazos han roto el tedio de un partido olvidable. Sin llegar a estos extremos, para nada, algo así es ’Grand Piano’, donde los arranques de genialidad son como para poner al respetable a hacer la ola, permitiendo a su vez que los momentos en los que el juego no se desarrolla con la misma brillantez sirvan para recuperar el aire.

Como cuando un silencio bien escogido resalta el sonido su imperfección, sus fallos, sus errores, su irregularidad, su estupidez… no hacen sino reflejar la arrebatadora maestría de los aciertos de este vibrante juego de malabarismo de frenético estilismo. A la historia puede que le falte enjundia y a los actores presencia, pero su enérgica puesta en escena se basta para regalarnos varios instantes sublimes, aquellos en los que Frodo -para los amigos- se ve obligado a tocar y la música y la imagen se funden en un fogoso ballet audiovisual de proporciones épicas. Instantes de entre los mejores del año, y de los que marcan esa diferencia que tan bien queda en un resumen post partido.

Autor: Juan Pairet Iglesias (El Séptimo Arte)

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