miércoles, 2 de octubre de 2013

Crítica de «2 guns»


Cuando «2 guns» empieza, esto parece una de Tarantino. Los dos tipos sentados a la mesa (Washington y Wahlberg, para resumir, lo mejor de la película) parlotean como papagayos en una cafetería donde, mal asunto, sirven los mejores donuts de la comarca aunque ellos no se ponen de acuerdo sobre el desayuno. Da igual, no probarán bocado. Mientras, espían el banco de la esquina que piensan atracar. Pero las similitudes poco a poco van diluyéndose entre explosiones tremendas, una acción en ocasiones casi desmadrada, mujeres infieles, y el cine setentón sobre agentes de la ley que actúan peligrosamente fuera de ésta va intuyéndose bajo la historia de la presente «buddy movie» que sabe no incurrir en errores de bulto, un punto que vale un par. Veamos: un agente de la DEA, Bobby Trench, y un oficial de la Inteligencia Naval, Marcus Stigman, consiguen robarle 43 millones de dólares a la mafia aunque no sepan al principio que ninguno es quien cree el otro. Y luego todo se complica más si me apuran cuando averiguan que, en realidad, el dinero pertenece a la CIA (menuda leyenda la de esta Agencia, y desde los tiempos de maricastaña), que le pega la «mordida» correspondiente a todos los cárteles de droga... Mal asunto si hay tantos crimiles andando detrás de una fortuna. Adaptación del cómic homónimo concebido por Steven Grant, es divertida la cinta, tiene buen ritmo, y el binomio protagonista, igual que el perro y el gato aunque al final nada sea para tanto nunca, funciona bien engrasado. Igual que las pistolas de estos personajes con un humor a prueba de bombas y tiros sueltos. Por la frontera con México, y entre criminales que descabezan pollos, ambos deambulan y se juegan el pellejo para que los malos pierdan la partida hasta derivar en una enloquecida, taquicárdica balasera colectiva que, volvamos al cineasta nacido en Tennessee, le hará bastante gracia al susodicho Quentin. No hay nada nuevo bajo el sol, pero menos dan Hollywood y una piedra que habla con acento español. 

Autor: Carmen L. Lobo (Diario La Razón)

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