jueves, 3 de octubre de 2013

Crítica de "La gran familia española"


Si uno busca en el volumen de la RAE 'sentimentalismo', por ejemplo, se da de bruces más que con una definición, con una pista. "Calidad de sentimental". Y una línea más arriba, en la voz 'sentimental', se lee: "Que afecta sensibilidad de un modo ridículo o exagerado". Pocas explicaciones tan melodramáticas. Daniel Sánchez Arévalo lleva años protestando contra eso tan español de las definiciones categóricas. Y por ello, su cine no renuncia a profundizar en los límites de lo que la Academia da en llamar exageración. Es más, lo busca. Es raro encontrar a un cineasta que se maneje con soltura, e incluso violencia, contra los diccionarios. Impresionan demasiado.

Su cine es exagerado, impúdico, visceral, tierno y, por todo ello, provocador. Sus películas buscan y dan con personajes oscuros, profundamente profundos, capaces a la vez, y sin pudor, de lo sentimental, lo grave y lo patético. Sus personajes se manejan con vidas adustas, desfondadas y, por ello, se ven obligados a estar a la altura de sus propias motivaciones. Si olvidarse de nada, incluida "la ridícula afección de sensibilidad", que diría la RAE. Y, claro, eso es tanto como colocarse del lado del que muy pocos quieren o pueden estar.

'La gran familia española' es fundamentalmente eso: un excesivo tratado de emoción, pues de eso va, lanzado a los extremos. Tan trágico como cómico, tan intenso como frívolo, tan rancio como moderno. Lo crudo y lo cocido. Y en su absoluta falta de prejuicios se convierte en el mejor ejemplo de un cine libre de complejos, atrevido y, ya se ha dicho, emocionante. De otro modo, la película española (lo dice el título) del año.

Se trata básicamente de la historia de una familia perfectamente atípica en el vórtice mismo del más típico, ruidoso y hasta 'tróspido' de los acontecimientos recientes: la final del Mundial de fútbol de hace cuatro años que ganó un país que siempre perdía (y en ello sigue). Cinco hermanos se enfrentan al momento decisivo: la muerte del padre. Empieza una nueva época en la que cada uno de ellos tendrá que empezar a vivir solo. Y en medio (o detrás), un gol (Iniesta de mi vida, que diría el poeta murciano) convertido en rito iniciático. Y en medio (o delante) una exhibición interpretativa de la que no se salva nadie: desde Quim Gutiérrez o Antonio de la Torre (siempre ahí) a Verónica Echegui, Roberto Álamo o Miquel Fernández.

Sin falsos pudores, la película se atreve a concitar muchos de esos elementos que hicieron que una vez el cine (no sólo el español) fuera popular. El ternurismo, el costumbrismo y esos otros 'ismos' que nada tienen que ver con la vanguardia son concitados en la pantalla con la intención de leerlos de forma consciente, y no necesariamente del revés. Si se quiere, no tanto un melodrama de masas como masas de melodrama. La referencia al cine del olvidado Fernando Palacios (responsable del inolvidable y casposo, todo a la vez, monumento al desarrollismo patrio que fue 'La gran familia') es obvia.

Sánchez Arévalo, sin embargo, dobla la apuesta para ofrecer un panorama estridente y desgarrado (ninguna de la vidas, y no damos más pistas, podría pasar por típicas). Tan dramático como delirante. El objetivo que persigue el cineasta no es otro que rastrear los límites: los del drama, los del melo, los de lo patético. Es decir, todo perfectamente español.

A su manera, Sánchez Arévalo se propone como el nuevo mesías de la lágrima, el desgarro, la emoción. Y por ello, resulta tan estimulante, pese a todo, ponerse de su parte. Al fin y al cabo, su cine recorre el camino contrario de todo lo moderno en su afán por el extrañamiento, el vacío, la despersonalización. Y lo hace consciente de ir río arriba y perfectamente feliz de pelearse contra todos. Incluidos los diccionarios. Tan desigual como brillante. Imperfecta y emocionante.

Autor: Luis Martínez (Diario El Mundo)

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