martes, 15 de octubre de 2013

Crítica de "Prisioneros"


Los «plantings» son como los «product placements»: están ahí para atrapar tu atención con premeditación y alevosía, para que te acuerdes de ellos cuando hay que hacer la compra. Los guionistas plantan una semilla en la materia gris del espectador y, ¡zas!, el árbol crece y la trama se ilumina. Un silbato rojo, por ejemplo, puede contener toda una película incontenible como «Prisioneros». El problema surge cuando los «plantings» se cuentan a decenas, y muchos de ellos conducen a un callejón sin salida. Al debut americano de Villeneuve le sobra metraje, aunque es mérito del canadiense que el espectador sólo lo note al salir de la sala. Hay tanta tela que cortar en este thriller, tan deudor de «Mystic River» como de «Zodiac», que la saturación de temas, giros y detalles te mantienen de lo más entretenido. 

La película disfruta formando gemelos o némesis, según le convenga. El secuestro de dos niñas deviene en otro secuestro, el policía podría ser el reflejo del padre vengativo y republicano, un pobre diablo copia los métodos de un asesino, el mal se duplica como una célula cancerígena y la trama se convierte en un laberinto. Miedos, obsesiones y desconfianzas cruzan el rostro de todos los personajes, bien sea un Gyllenhaal un tanto hierático como detective autista, bien sea un inspiradísimo Jackman que pierde los papeles cuando comprueba que no basta con tener la despensa llena para proteger a una familia. «Prisioneros» pone el dedo en la llaga cuando equipara las atrocidades que comete Jackman para saber dónde está su hija con las que pueden haber cometido los secuestradores de ésta, pero el dilema moral que plantea Villeneuve –con la ayuda de la excelente interpretación de Terrence Howard– se agota demasiado pronto, dejando espacio a un retrato coral de esa América profunda que conocemos. Hay una atmósfera macabra y malsana que seduce, también un puñado de actores que brillan en el fondo del plano (desde Viola Davis hasta Melissa Leo, pasando por Maria Bello), pero da la impresión de que los árboles no dejan ver el bosque, y que hay demasiados silbatos rojos que soplar. 

Autor: Sergi Sánchez (Diario La Razón)

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