martes, 21 de mayo de 2013

Crítica de "El gran Gatsby"


Una película nunca es simplemente la historia que cuenta por la misma razón que un libro no es lo que viene en la solapa bajo la foto cursi de su autor. Aunque muchos (algunos de ellos hasta se dedican a la crítica literaria) estén convencidos de lo contrario. 'El gran Gatsby', por ejemplo, no pasa de ser la historia de un tipo enfermo de sí mismo, de su propia insatisfacción. Hasta, obviamente, su implosión.

Sin embargo, en la narración limpia, simbólica e iluminada de Scott Fitzgerald se resume a la perfección el sentimiento trágico de su tiempo (el nuestro) a la vez que se ofrece una de las más desoladas radiografías del absurdo de todo esto. No cuenta la historia, importa la prosa. Y ya siento empezar con un párrafo propio de una solapa cualquiera.

Cannes quiso celebrarse a sí en su edición número 66 y para ello se regaló en su jornada inaugural la enésima versión de 'El gran Gatsby' que ha dado el cine. Ésta firmada por Baz Luhrmann. Al fin y al cabo, la pareja Fitzgerald y Zelda pasaron parte de sus días de excesos y rosas en Juan-les-pins, hoy un lujoso hotel de cinco estrellas, a apenas dos Gin Rickey (eso tomaba el buen alcohólico) de distancia de La Croisette.

Y ahora las preguntas: ¿Será capaz un hombre (además de tipo) tan extremadamente excesivo, amanerado, barroco y tal como el director (para bien) de 'Moulin rouge' y (para mal) de 'Australia' de acercarse siquiera a la intensidad herida del texto? ¿Podrá Leonardo DiCaprio alcanzar desde su cara de niño eterno el dolor, profundo, ebrio y constante, de su personaje? ¿Estará la angelical Carey Mulligan a la altura del icono de la estupidez cruel e insatisfecha Daisy-Zelda? ¿Será Tobey Maguire el adecuado espectador ajeno a su propia ruina que representaba Nick Carraway? Y así.


Pues bien, ni una sola de esas preguntas es respondida por la sencilla razón de que Luhrmann, inteligentemente, las evita. O mejor, deja sin tocar lo que, por definición, es intocable. Digamos que la versión del director de 'Romeo + Juliet' no se empeña en deletrear lo que dejó escrito Fitzgerald con la vaga y siempre equivocada aspiración de reproducir en pantalla un efecto similar al de la lectura. Un error muy común éste cuando se trata de adaptar al cine un libro pretendidamente sagrado. Equivocación, por otro lado, que a su modo cometieron las versiones anteriores, incluida la más conocida a cargo de Jack Clayton con Robert Redfod de protagonista y sobre un guión de Coppola.

Lectura que el propio Gatsby

 

Luhrmann se limita a componer un retrato exagerado de la simple exageración hasta traducir la historia mínima que componía la novela a sus propias preocupaciones, su inconfundible estilo, su firma. La mejor manera de evitar que te pise un gigante (y Fitzgerald lo es) es no cruzarse en su camino. Y así, esta película está más cerca de la enfermedad por el exceso de su protagonista, Jay Gatsby, que de ninguna otra de las preocupaciones y abismos del texto original; que de ninguna otra versión realizada antes o por realizar. Es, en definitiva, la lectura que el propio Jay Gatsby hubiera dado de tener voz en su propia historia (recuérdese, la contaba Carraway).

El engolamiento por acumulación en el que cabe desde una banda sonora abrumadora a cargo del rapero Jay Z (nada del jazz de los 'roaring 20s), las tres dimensiones, las secuencias imposibles desde el rostro hasta la panorámica completa de un Nueva York que construye el Empire State o las imágenes superpuestas en planos infinitos trasladan al espectador a un universo con la textura de los falsos sueños. En la superficie de cada fotograma se respira la mentira de un personaje, Gatsby, incapaz de entender que cualquier movimiento jamás mejorará la quietud; que cualquier pasión es vana; que la vida, así en general, no es más que el cuento de un idiota lleno de ruido y furia.


Y de esta forma, y por donde menos se esperaba (el camino justo contrario), Luhrmann alcanza a entender que la mejor manera de copiar algo es olvidarse completamente de ello. Los habrá que se lamenten del sacrilegio. Básicamente serán los mismos que se rasgaron las vestiduras y las carnes cuando asistieron al espectáculo de ver un texto de Shakespeare ('Romeo y Julieta') transformado en una furiosa celebración de la adolescencia en 'Romeo + Juliet'. ¿Acaso podía ser otra cosa?

Jamás podría haberse acercado ninguna película a, por ejemplo, líneas como las que cierran 'El gran Gatsby' y, por ello, Luhrmann, a su modo, convierte la novela en una atribulada, brutal y siempre excesiva celebración de nuestro tiempo atribulado, inmisericorde y excesivo en su brutalidad.

Y ahora las líneas que tanto lucen en una solapa: "Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente incesantemente arrastrados hacia el pasado". Pues eso.

Autor: Luis Martínez (El Mundo)